La Catedral

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La razón de ser del Camino de Santiago, como se sabe, es llegar ante la tumba del Apóstol para venerarlo. Así ha sido desde el comienzo, desde el descubrimiento de sus restos y la llegada de los primeros peregrinos. A lo largo de los siglos, sin embargo, una serie de elementos se han ido sumando y constituyen hoy parte de lo que el peregrino debe hacer y ver una vez en la magnífica Catedral compostelana.
 
 
Altar Mayor con la imagen de Santiago Peregrino.jpg
La Puerta Santa de la iglesia se encuentra en el lado contrario de la Plaza del Obradoiro. Se abre únicamente en Año Santo, o sea, cuando la celebración de Santiago cae domingo. Aún conserva parte de lo que fue el Coro Pétreo del Maestro Mateo. Por su parte, el Pórtico de la Gloria es acaso el mayor logro artísitico de la iglesia: se trata de un conjunto que el visitante o peregrino no puede dejar de contemplar.
 
Hay determinadas cosas que la tradición ha establecido, determinados "ritos" a cumplir. Por ejemplo, se debe abrazar la imagen del Apóstol que preside la Capilla Mayor. Hay que realizar el rito de los coscorrones, de origen supuestamente pagano, que consiste en tratar de asir una rama Árbol de José, representado en la parte inferior del parteluz, en el Pórtico, debajo de la imagen del Apóstol sedente. El peregrino pide tres deseos. La piedra, tras tantos siglos de contacto constante de manos humanas, está gastada. Detrás de la columna hay una figura, arrodillada y mirando al interior del templo, que se supone representa al Maestro Mateo, a la que hay que dar tres coscorrones con la cabeza para asimilar su sabiduría, costumbre iniciada según se cree por los estudiantes compostelanos. El Botafumeiro es otro de los elementos a contemplar, si se tiene la suerte de asistir a una de las escasas ocasiones en que es empleado.
 
Por último, desde luego, hay que visitar la tumba del Apóstol, núcleo y fin del Camino. Se llega a través de dos puertas en los laterales de la girola. Es un arca de plata que contiene los restos de Santiago y de sus discípulos: Teodoro y Anastasio. Se cuenta que, en 1589, los restos fueron ocultados por el arzobispo San Clemente, que temía una incursión del pirata Drake. Los escondió tan bien, que estuvieron desaparecidos durante tres siglos.